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Wenceslao Serra Deliz, El libro de los sueños. San Juan: Colección Guajana, Editorial Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2001. 

                                                                            por Reynaldo Marcos Padua

     El Dr. Ignacio Ruiz Lafita en su libro en internet titulado Progresión Onírica y Análisis Estructural de los Sueños (http://inicia.es/de/lafita/) nos dice que los sueños "constituyen un singular punto de encuentro, un inevitable cruce de caminos, un foco de convergencia omnímodo donde confluyen, se confrontan y entretejen las más variadas disciplinas, científicas o no, y de entre aquellas las naturales y las humanas. Y no podría ser nunca jamás de otra manera, pues en efecto, nada hay más humano y natural que soñar y nada más natural y humano que tener un sueño".  Añade además que "es por causa de un sueño, que alguna vez tuvimos despiertos, que nos vemos arrastrados ahora por la magnitud de esta corriente que nos lleva mientras conmueve las cenagosas y cristalinas aguas de este caudaloso río onírico, y nos hallamos aquí, sobrecogidos ante la multiplicidad de las formas en las que la cosa se nos muestra, para dar cuenta precisamente de eso, de que los sueños son un río que continúa y que progresa, donde la cosa fluye y se procesa".

Eric Fromm en su olvidado Lenguaje Olvidado, citado por Ruiz Lafita,  nos recuerda que:

Hemos perdido el don de asombrarnos. Esta actitud es quizá la razón principal por la que uno de los fenómenos más asombrosos de la vida, los sueños, provoca en nosotros tan poca admiración y tan poca curiosidad. Todos soñamos, no entendemos nuestros sueños, pero nos conducimos como si nada raro pasara mientras dormi­mos.

En La Mentalidad Primitiva de Lucien Levy Bruhl encontramos, siguiendo a Ruiz Lafita, la siguiente síntesis:

Para la mentalidad primitiva, como es sabido, el mundo de lo visible y el mundo de lo invisible forman un todo. La comunicación entre lo que llamamos la realidad sensible y las potencias místicas es pues constante, pero en ninguna parte esta comunicación puede efectuarse de una forma más completa e inmediata que en los sueños, donde el hombre pasa de un mundo al otro sin advertirlo. Tal es en efecto la representación ordinaria que de los sueños se hacen los primitivos. El alma abandona momentáneamente su cuerpo, a veces se va muy lejos y conversa con los espíritus o con los muertos, otras veces son los espíritus de los muertos, o bien de otras potencias, los que vienen a visitar el alma mientras se duerme. Los sueños traen a los primitivos datos que para ellos valen tanto, sino más, que las percepciones obtenidas durante la vigilia. En muchas sociedades primitivas cada uno presta a sus sueños la mayor atención y las gentes se interrogan unas a otras, todas las mañanas, sobre sus sueños, se los cuentan e interpretan. En principio lo visto en sueños es verdad. De nada se puede estar tan seguro como de lo que revelado en sueños, los primitivos creen en todos los sueños sin excepción, algunos pueblos distinguen entre ellos unos que son verídicos y otros que no lo son, considerando estos últimos como meros productos de la imaginación, hecha esta reserva el primitivo no duda de la veracidad de los sueños. Lo que éste muestra ha llegado, lo que anuncia llegará. No es menor la certeza tratándose de un acontecimiento pasado o de algo que tuvo lugar a distancia. Así como las cosas vistas en sueños son reales, los actos cometidos en sueños entrañan la responsabilidad de sus autores y se les puede pedir cuenta por ellos.

Wenceslao Serra Deliz titula su último trabajo poético El libro de los sueños; y según el Dr. Ruiz Lafita, en el siglo IX, la obra de Nicéforo, patriarca de Constantinopla, da fe de haber escrito un Libro de los sueños.  Este libro está escrito "en versos yámbicos, la lengua es refinada, plagada de metáforas y carente de expresiones populares", a decir de Ruiz Lafita.  Otros autores se han preocupado del tema, aunque debo decir que lo más completo en términos históricos, antroplógicos y de toda índole es la referencia a que hemos tenido acceso y a la que se puede llegar por el enlace arriba citado.  En el ámbito literario, sería prolijo ir tras la marcha de los que han manejado este particualr tema:  Jorge Luis Borges, Kafka, prácticamente todos los poetas en mayor o menor medida; los escritores del siglo de oro, por no recordar la famosa obra en verso de Pedro calderón de la Barca La vida es sueño.

El libro de Serra Deliz está prologado por la profesora Matilde Albert Robatto.  En su escrito la Dra Albert señala:

  [...] El lenguaje poético y el lenguaje de los sueños usan medios de expresión comunes:  la condensación, el desplazamiento, la representación, el contenido simbólico, la imagen; estos conceptos y formas de análisis sirven de macanismos lingüísticos para desentrañar un sueño o unos versos. (p. 4)

Hay que empezar por decir que El libro de los sueños de Serra Deliz está muy hermosamente editado, impecable en términos de erratas, por la tipografía y diagramación de Iris Pujols; buen papel,  y con las ilustraciones de cubierta, portada y  de interior de Roberto Fabelo, el pintor cubano, miembro de la UNEAC y de la Asociaición Internacional de Artistas Plásticos, quien ilustró, también, la antología poética de Vicente Rodríguez Nietzsche titulada Que canten en verdad lo que te quiero (1999). 

Lo primero que se destila de la lectura es que es un libro; hay concepción de unidad, unidad de temas recurrentes y organización sistemática de los poemas:  no es una mera colección de versos.  La unidad fundamental la estipula el título mismo, pues alrededor de los sueños, se tejen las versificaciones que crean los poemas conceptualizados dentro de la idea general de exploración del mundo onírico del poeta. En realidad, asistimos a un examen del otro lado de la vida humana, de la vida ficcionalizada, pero vista desde ese ángulo vital que se come la mitad de nuestra existencia:  el período de descanso obligatorio, a que se someten todas las criaturas vivas; y al subproducto de esa actividad psíquica que es la vida representada dentro del mundo interior de todo ser humano, lo que llamamos sueño.

Por supuesto, de la materia de los sueños nace buena parte del fenómeno lírico, o literario. Serra Deliz se acerca en este trabajo poético con buen acierto y firmeza de mano;  es congruente a su obra anterior: poeta que publica sin desmesura pero con maestría de trazo y originalidad incuestionable. Esa búsqueda humana de los temas obsesivos, la infancia, los temores de la misma, el padre, los animales arquetípicos:  lobo, tigre, pájaro; los lugares esenciales y persistentes:  el mar, la calle, la casa; los elementos agua, fuego, los colores:  rojo, amarillo, azul; el árbol, el niño, el padre, nos conducen a una diversa condensación de recursos típicos de la poesía, y de su poesía, ahora recogidos no de la realidad sino de su envés, el sueño.  El poeta es un viajero del trasmundo nocturno; pasa por el espejo, a través del espejo y se lleva de mano al lector, en un verso depurado y tranquilo, aun para concepciones difíciles y crípticas, como es natural, tratándose de semejante sustancia. 

Lleva al lector a recorrer su mundo de ficción artística, el mundo de por sí vaporoso de todo poeta, donde se encuentran sus expresiones reales, sus verdades particulares, su reconcepciones de la vida, sus juegos de palabras que transmutan la "prosa" de la vida corriente y su laboratorio creativo que, a través de las palabras, recrea una materia evanescente y le otorga otro tipo de eternidad.  Así Serra Deliz, abre su poemario con un nacimiento, el mismo que representa, dentro del lugar del sueño, como un entrar niño de nuevo ante la figura del padre o de la madre (como el receptor ficcional del discurso):  Nazco del agua de la noche/ sin bordes de palabras; de inmediato en el próximo poema asume imágenes surreales propias del estado somnífero, donde la hija-mujer tiene elementos de pez, al igual que el que precede donde la imagen del pez rojo domina las imágenes.  Pasado ese momento de nacimiento y vínculos filiales (hermano, hija, el tú: paternal/ maternal), el poeta entra por vía del sueño al mundo de la infancia, y ofrece en una voz poética con sensación clarificada del temor:  sensación que toma la forma del tigre como imagen de muerte o amenaza de ella; como imagen de lo salvaje o presencia de este estado; como arquetipo de la fuerza que puede destruir al hombre, sea destino, sea lo ignoto; y en una igualación de la infancia y el sueño, el poeta-- en imagen de niño-- confronta al felino trepado en su árbol ( la vida, el asidero) y lo cuestiona:

                          ¿Qué te hace pensar en mis huesos

                          para saltar a mis sueños

                          y alzar en dos patas

                          tu hermosa amenaza de profunda de gato

                          entre mis ramas seguras que auguran

                          una nostalgia de gris

                          en mi almohada nocturna rellena de asombro...?

El tema amoroso se hace presente en Sueño a la perfección; poema bisémico que puede leerse como amor materno, o amor de mujer; Manos de sueño, Mujer invisible de sueño, Enemiga luna, Las diosas también sueñan hermoso y crítico poema que narra una neblinosa historia de amor y de  amistad con algo de reverberar trágico; Tres besos de sueño y aun Esa escalonada sombra incursionan en el inevitable tema amoroso, dentro de la lírica, y dentro de este conjunto poético.  Por otro lado, los temas filiales, la infancia obsesiva, el mar, el asombro y el temor, el amor al padre y su evocación, el homenaje a dos poetas idos:  Clemente Sotro Vélez y Pedro Mir, el homenaje vital a un amigo querido Rodríguez Nietzsche en Un sueño puede sorprenderte y el tema mismo del sueño, la dicotomía entre vigilia y sueño, en versos excelentes y, por demás, notablemente originales.

En el poemario, el sueño impone sus reglas propias, la realidad puede ser una extensión del mismo; incluso, la creación sugerida como tal  en Sueño el misterio; el temor y la muerte, lo numinoso mismo se hacen presentes en Sueño con el lobo.  En Temido ogro, el poeta asume la teoría del misterio, en el origen de la naturaleza de los sueños:  No sé, nadie sabe/ qué sueña en mi sueño.  Y en este mismo poema, el ogro:  Sabe, sabemos que somos / imágenes robadas / a la luz y a la sombra...  Dándonos así una definición del hombre o del misterio de su existencia, al modo shakesperiano. Pero todo resuelve en el hombre como medida de todas las cosas, pues:  Regreso otra vez a la vigilia /con su cuerpo y su cara/ sumergidos al borde/ abismal de la memoria.  El poema El arco de su vuelo es un complejo poema que asume una suerte de falicismo arquetípico en homejaje al símbolo de poeder masculino subyacente en las imágenes oníricas.  Por otro lado, la obsesión por la infancia es tema que recurre a lo largo del libro y es representado por las imágenes del niño y, sobre todo, por la casa vieja de madera que se hace marca definitiva de enlace con el pasado; esto se hace patente en La casa se hizo sueño pero se presenta en una gran porción de los versos de la unidad.   En el poemario, el sueño se hace  fecundo, como delirio, como pie para el verso; el mar también es visto con atinada óptica, pues es imagen de lo subconciente.  Pero, pese a esto, WSD no se deja tentar por el subconciente volcado en imágenes arbitrarias; el material de los sueños es trabajado en palabras concientes, de forma precisa, atinada y clara en su significación.  Alguna que otra imagen surreal aparece por razón de la naturaleza del mundo de los sueños y no como exitación de ningún automatismo fácil.   Hay dos poemas que han llamado mucho mi atención La olla y el genio, en cierta forma un ars poética de lo soñado; y el poema El niño, tú, la muralla, de significación íntima dentro del mundo personal del autor; hay en él la pena de la ausencia de alguien ( y a juzgar por otras circunstancias sugeridas en el poemario, debe tratarse de la figura del padre).  El niño es el yo niño del poeta que retoma una conversación  entre él y ese amado y venerado, ya perdido.  El poema Con piernas de vidrio son las instrucciones de caminar en sueños.  En los presagios, el asalto, está el tema del temor con la intertextualidad de Jorge Manrique autor de Coplas por la muerte de su padre; en él se explora el despojo de algo íntimo, querido, pues un niño ( ¿el poeta?) lo lleva; entonces aparece una cara marginal que:

              Quiere despojarme

              no sé de qué

              de algo que sabe que tengo,

              y me defiendo

              con palanbras muy reales

              sin milagro y poca monta.

 

Este poema se acerca a la alegoría y no puede circunscribirse a una sola intrerpretación, pues de mitad adelante se hace más hermético y apunta quizás al arte del escribir.  La ronda del ya no estar,  Visión nocturna, Preguntas a un fantasma, son poemas que exploran la significación de la infancia dentro del mundo personal del poeta y su reelaboración como arte y a la vez  poema en la estructura asumida del marco de Morfeo.  Finaliza el libro con un poema que es resumen de todo: ¿Qué hacer con los sueños?, en donde se pregunta: Qué hacer, en fin, con tantos sueños/ con tanto símbolo que habla/ desde su bosque periférico?/ Cómo ordenarles desalojen/ a la vieja casa, al temido lobo/ al niño, al pez/ que navega clarísimo en su agua?

 En fin, El libro de los sueños resulta una lectura gustosa, un libro de versos admirable, por ese mundo recobrado en verso, cortado de los sueños; poemas firmes y de lenguaje particular, un libro que, cómodamente, el poeta puede ampliar a lo largo de su vida, en reediciones ulteriores, por ser abierto a la inclusión, sin dañar su estructura.  No tengo duda que resulta una aportación destacada a  nuestra lírica. R.M.Padua

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